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Crisis obliga a familias más pobres a revender mercancía de tercera

Crisis obliga a familias más pobres a revender mercancía de tercera

Tan inusitado como vender una poceta desgastada a boca de metro, hecho ocurrido ayer en la estación Miranda, es el mercado de objetos deteriorados, electrodomésticos inservibles, zapatos y prendas de vestir reusadas que ha surgido en la ciudad, una práctica que a juicio de los revendedores tiene su origen en las zonas más humildes de la capital pero que hoy, en tiempos de crisis, se instala con mayor intensidad en los espacios más importantes.
Los alrededores del Ministerio Público, en parque Carabobo; la Asamblea Nacional, en Capitolio y las instituciones más importantes son parte de los sitios donde los manteleros despliegan su mercancía. Las estaciones del subterráneo son los lugares predilectos para quienes incursionan en la canibalización de repuestos y comercian con desechos.

Transeúntes denuncian que pocos espacios están libres de los chatarreros, muchos de ellos sin acceso a un empleo formal y en situación de pobreza extrema. Se trata de una realidad que a Zuleima González, de la parroquia Sucre, la obliga a rehabilitar y comercializar juguetes rescatados en contenedores de basura. “En ocasiones pienso que nadie me comprará, pero vendo todo por la misericordia de Dios”, afirma González.

Héctor Medina labora con su familia en la calle Argentina de Catia. Describe su actividad como un negocio familiar en el que involucró a su esposa, hija y nieto. En su puesto ofrece tornillos, planchas, retazos de tuberías y otros objetos.

La permanencia en la calle, coinciden los propios revendedores, constituye la prueba más fehaciente de la rentabilidad de ese negocio emergente que dispone de un público ávido de objetos difíciles de hallar en el país. Hasta hace dos meses, Pedro Trejo se desempeñó como mecánico, pero la crisis lo llevó a vender herramientas usadas, un oficio en el que tiene cabida el trueque y el aspecto del cliente determina el precio de lo que se quiera llevar.

“Si el comprador está bien vestido y no tiene cara de necesidad entonces le vendemos más caro, pero en general los costos están por debajo del mercado”, dice Marcos Terán.

La socióloga Mabel Mundó, investigadora del Cendes y especialista en análisis de políticas públicas, explica que es tal la magnitud de la crisis que los informales no tienen capital para invertir y no hay bienes para vender. “Hace varias semanas una poceta costaba Bs 250 mil, una profesora universitaria como yo necesita el sueldo más su caja de ahorros para comprarla, por eso hay quienes acuden a esos mercados”.
El capítulo sobre pobreza de la Encuesta sobre Condiciones de Vida en Venezuela, realizada en 2015 por las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello, revela que 75,6% (cerca de 23 millones) de los venezolanos son pobres.

El estudio publicado en 2016 advierte que 49,9% de los hogares están en condición de pobreza extrema, frente a 23,6% en 2014. “Todos los pobres no extremos del 2014 pasaron a ser pobres extremos y la mitad de los no pobres de 2014 pasaron a ser pobres en 2015”, resume la Encovi. En 2014, 5 millones 530 mil 486 personas se dedicaban a la informalidad, según INE.

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