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“Me siento mal por mentir, pero nada más”: seis mujeres cuentan por qué fueron infieles

“Me siento mal por mentir, pero nada más”: seis mujeres cuentan por qué fueron infieles

El deseo sexual, la insatisfacción emocional, estar pasando por una crisis existencial, la venganza, el aburrimiento… Las protagonistas de diferentes engaños explican sus motivos

Si hacemos caso a los estereotipos, está claro: los hombres no pueden resistirse a engañar sexualmente a sus parejas y piensan con su ‘tercera pierna’, y las mujeres ansían encontrar una pareja estable que se comprometa emocionalmente con ellas para criar juntos tantos retoños pueda albergar su útero. Ya.
Dejemos de engañarnos. La infidelidad no tiene sexo –nunca peor dicho– y, aunque pocas personas cuenten con ello, las mujeres buscan sexo fuera de sus parejas tanto como los hombres, aunque la sociedad se lo pueda poner un poco más difícil. Por si alguien aún duda de la igualdad de género a este respecto, diferentes estudios han demostrado no sólo que las mujeres tienen asuntos extramaritales con la misma frecuencia que los hombres, sino que además algunas de ellas podrían estar predispuestas genéticamente para ser infieles. Al menos así lo aseguraba una investigación publicada en 2014 en ‘Evolution & Human Behavior’, según la cual existe una relación significativa entre las variantes de un gen determinado y la infidelidad de las mujeres. Curiosamente, no encontraron ninguna asociación entre genética y engaño en los hombres.
Me sentiría una mierda si mi pareja me pillase, sé que si se enterase le devastaría y la cosa terminaría
Al margen de la posible responsabilidad que pueda tener nuestro código genético, el hecho es que existen tantas razones para engañar como personas hay. El deseo sexual, la satisfacción emocional, estar pasando por una crisis existencial (o de pareja), la venganza y el aburrimiento son sólo algunas de las motivaciones comunes para ambos géneros. Sin embargo, y aunque es por todos conocido que ellas también tienen sus escarceos, no es tan común escuchar anécdotas relacionadas con la infidelidad femenina. Pensando en ello, Christine Stulik decidió recoger en ‘Refinery’ las historias de seis mujeres que han engañado a sus parejas. Y sus porqués y sentimientos al respecto, no parecen responder a ningún gen.
Cuernos deliberados y disfrutados
La historia de Alison, de 34 años, se aleja mucho de la excusa generalizada de aquellos infieles que aseguran que su engaño ‘fue sin querer’. Como relata ella misma, tras conocer a un hombre que le resultó interesante –“y muy sexy”– deliberadamente optó por flirtear con él. Y no fue una sola tarde, coincidieron en varias ocasiones a lo largo de los meses conversando durante horas y teniendo citas a solas. “No quería decírselo, así que alargué hasta el último momento comentarle que ‘tengo novio’”.
No fue problema para él y continuaron viéndose hasta que la cosa fue a más y las conversaciones se trasladaron del escenario de una cafetería o restaurante a las de una cama de hotel o ‘spa’ relajante. “No es mejor ni peor que mi pareja, simplemente es diferente. M se ha convertido en una parte de mi vida. A veces nos acostamos, a veces no”, explica Alison.
“A veces me siento mal por mentir, pero no me siento mal por nada más. Me sentiría una mierda si mi pareja me pillase, sé que si se enterase le devastaría y la cosa terminaría”, relata convencida de que no quiere acabar con su pareja primigenia –con la que acaba de comprometerse– pero tampoco piensa dejar su relación con M. “Nunca he querido definirme a mí misma. Me gusta investigar sin límites y explotar al máximo las cosas positivas”.

¿Fideli qué?
“He tenido diferentes papeles dentro del engaño de pareja: he sido ‘la otra’ y he levantado la pareja a amigas en varias ocasiones. Llevo con mi novia tres años y la he engañado siete veces con siete personas diferentes”, se presenta Mackenzie, de 25 años.
Los viajes de trabajo le dieron la oportunidad para escaparse de su vida cotidiana y conocer gente sin ser jamás descubierta, y se le fue de las manos. “Esta persona me tenía delante de ella todos los días, pero no prestaba atención a mis necesidades y llamadas de atención. Al principio lo hacía para llamar la atención, después por simple autogratificación”, confiesa.
Pero finalmente, tras darse cuenta de que se había acostado con todas las personas que su pareja no conocía, fue consecuente con sus repetidos engaños y decidió romper. “Tendría que haber verbalizado mis problemas y haber arreglado las cosas. No nos comunicábamos. Ahora me doy cuenta de que mi forma de solucionarlo es poco saludable”, analiza. “Personalmente, creo que no debería haberlo hecho a escondidas y es algo de lo que no puedo presumir. Vivir con integridad es el valor más importante”, tiene claro la arrepentida Mackenzie.
Soledad en pareja: llenando el espacio ausente
La historia de Lisa, de 26 años, es algo más conmovedora. “Mi novia desde hace cuatro años sufría de alcoholismo. Tras múltiples fallos orgánicos y diferentes ingresos en centros de rehabilitación, estuve cuidando de ella para, básicamente, ayudarla a reutilizar su cuerpo. En ningún momento dejé de amarla, pero la realidad es que yo era un joven de 26 años en una relación equivalente a la que tiene una pareja de 80 años”, sitúa.
Las visitas diarias al hospital no eran suficiente. Lisa se sentía sola. El casual regreso de una ex pareja a la ciudad se tradujo en la clásica cena para ponerse al día, pero el imprevisto encuentro acabó entre sábanas.
Llevo meses intentando frenar mis impulsos sexuales y contentarme con nuestro estilo de intimidad
“Cuando salí de su apartamento, extrañamente no me sentí culpable por ello. Necesitaba sentirme cerca de una persona y echar un polvo, y mi pareja no podía dármelo. Pensé que si pudiese llenar ese pequeño hueco vacío con una persona de confianza, con la que no tengo sentimientos románticos, me protegeré a mí misma acabar teniendo un apego emocional con alguien. Aquello no acababa con mi relación ni era un reemplazo”. No dejó de lado a su novia en ningún momento y continuó actuando como si no ocurriese nada por miedo a que sincerarse acabase con la relación. Pero, una vez le dieron el alta y volvieron a la normalidad, una duda copaba sus pensamientos muy a menudo: “¿Y si ella lo sabía?”.
Infidelidades por rencor
“Creo que el engaño ha formado parte de la mayoría de mis relaciones”, asegura Kristen, de 30 años, quien no sabe si achacar la cantidad de infidelidades que ha tenido que soportar desde sus primeras relaciones sentimentales a la mala suerte. El problema es que interiorizó tanto que aquella forma de actuar era el día a día de su vida en pareja que en un momento dado repitió lo aprendido: “Años más tarde, engañé al único hombre que he amado de verdad. Quería compartir con J mi vida, tener un hogar y criar un hijo”, pero venció el deseo carnal, con personas externas a aquel idilio de relación perfecta.
La independencia que les concedían sus puestos de trabajo derivó en que Kristen acabase liándose con un compañero, también casado, que terminó por convertirse en su amante. Y la historia duró unos cuantos años. “Se prolongó tanto que al final J se enteró tras encontrar unos correos electrónicos de D en mi ordenador”. Se divorciaron y ella se dio cuenta de que, quizás, podía encontrar una relación que valiese la pena: “No con D, pero con alguien nuevo”.

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