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Así es vivir “50 sombras de Grey” en la realidad. Y es otra cosa

Así es vivir “50 sombras de Grey” en la realidad. Y es otra cosa

Muchas mujeres sueñan con un hombre misterioso y elegante, alguien envuelto en sombras al que no haya que cuidar como a un bebé. A ella le sucedió de verdad y vio su lado oscuro

Christian Grey es todo un acierto como personaje de novela porque reúne varias fantasías femeninas clásicas.

La atracción por la riqueza es una pulsión a menudo malinterpretada por los hombres. El dinero es útil para conseguir cosas bonitas y experimentar placeres, sí, pero también simboliza cierta protección, lo que aplaca en parte el miedo más o menos inconsciente que muchas sienten al acostarse con alguien a quien no conocen en profundidad.

El poder impresiona, no porque las mujeres no quieran ser libres, sino por lo que tiene de halagador y liberador. Alguien con una buena formación, con prestigio (Grey es empresario y estudió en Harvard), podría estar con la mujer que quisiera, o eso pensamos. “Grey domina su vida por completo, y se ha fijado precisamente en mí”. Muchas prometedoras historias sexuales acaban en un noviazgo en el que ella se encarga de cosas tan apasionantes como cocinar o lavar calzoncillos. Que él no necesite ese tipo de atenciones es un valor seguro para no caer en una situación de verdadera sumisión.

El riesgo y la aventura son otros valores ‘masculinos’ apreciados. En el sexo, pero también en el resto de la vida: Grey navega, vuela, y va de falda en falda… hasta que encuentra a Steele. ¿Conseguirá “reformarle”? ¿Interesa que lo haga?

¿Qué hace una preciosidad como tú con estos idiotas? Esa fue su frase de presentación. No era el hombre más guapo, pero tenía carisma

Una escritora que ha preferido mantener el anonimato de cara al público ha contado su historia de lujo y dominación en ‘Marie Claire’: “Nunca me vi como el tipo de mujer que se enamoraría de un Christian Grey real, pero por lo que parece sí lo era”. Damos paso a su narración.

“Conocí a Matthew, director en una empresa tecnológica internacional, en una fiesta de beneficencia a la que asistí por orden de mi jefe. Vi la noche preescrita en mi cabeza: el elegante vestido de cóctel que había pedido prestado se iba a desperdiciar en aquella mesa llena de ejecutivos grises de mediana edad. Pero de repente, con dos horas de retraso, irrumpió sin ninguna actitud de disculpa. Echó una mirada alrededor de la mesa y, con mucho jaleo, hizo que todos se movieran para sentarse a mi lado.

“¿Qué hace una chica preciosa como tú con estos idiotas? Esa fue su frase de presentación. No era el hombre más guapo que había conocido, pero tenía el tipo de carisma, arrogancia y energía enjaulada que hacían que diera igual.

Me compró unos Prada de tacón kilométrico. Mientras sacaba su tarjeta Oro me susurró al oído que no podía esperar a verme desnuda con ellos

“En media hora, ya nos habíamos ido juntos de la fiesta. La gente nos miraba… bueno, le miraba, y hubo auténtico furor: era la elegida para abandonar el lugar con él. Cuando entré en su limosina con chófer, entré en otro mundo. Supe inmediatamente que él era diferente a todos los hombres con los que había salido. Me hizo sentir de un modo increíble. Cuando llegué a casa -y tuve que apelar a cada gramo de autocontrol de mi cuerpo para resistir el deseo de pasar la noche con él- hice lo que nadie haría en mi situación: lo busqué en Google.

“Medio millón de resultados de mi búsqueda más tarde, me di cuenta de que ese tío era Alguien Importante. Y ahora estaba entrenando conmigo su olfato para el éxito: antes de abrir la puerta de mi casa tenía un mensaje suyopidiéndome salir.

“Nuestra primera cita fue el siguiente fin de semana. Me dijo que me llevara cosas para pasar la noche, me recogió en su Aston Martin y me llevó a Babington House. Dimos un paseo por la nieve y entramos en calor frente a una rugiente chimenea. Era embriagador, una escena romántica de manual. Ni Richard Curtis (el guionista de ‘Cuatro bodas y un funeral’ y ‘Love Actually’) lo hubiera escrito mejor. En nuestra segunda cita contrató a un chef que cocinó ‘coquille Saint Jaques’ en su casa de Kensington (yo había mencionado una vez que era lo más rico que había comido nunca) y en la tercera me llevó de safari a África.

'Estaba dispuesto a ser dominado, me pedía que lo atara, lo humillara y normalmente que le hiciera sufrir para llegar al orgasmo'. (iStock)
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‘Estaba dispuesto a ser dominado, me pedía que lo atara, lo humillara y normalmente que le hiciera sufrir para llegar al orgasmo’. (iStock)

“Incluso para alguien seguro de sí mismo, equilibrado e independiente como yo, aquello era completamente abrumador. No estaba en mi carácter ser tan sumisa, pero comparado con mis anteriores novios con fobia al compromiso, el impulso con el que llevó la relación, con el estilo que su dinero le permitía, era imposible de resistir.

“Era inteligente, inquieto y se aburría fácilmente. Desde el inicio de la relación estuvo claro quién estaba al mando. Cuando oyó que solo me gustaba el vino tinto, me dijo: ‘Vamos a tener que educarte, ¿no es cierto?’, y procedió a pedir botellas de vino blanco exorbitantemente caro allá donde íbamos. Ahora me pregunto por qué dejé que aquello continuara, pero parecía una parte esencial de la fantasía ‘Pretty Woman’. Aunque bueno, no hagamos mucho hincapié en que el personaje de Julia Roberts es, al fin y al cabo, una prostituta.

“Curiosamente, el lugar en el que menos dispuesto estaba a asumir el control era el dormitorio. Una vez me llevó a Selfridge y me compró unos zapatos Prada de tacón kilométrico, y mientras sacaba su American Express Oro, me susurró al oído que no podía esperar a después, cuando me viera desnuda con ellos. Pero una vez en la cama, era él el dispuesto a ser dominado, me pedía que lo atara, lo humillara y normalmente que le hiciera sufrir para llegar al orgasmo. Parecía que llevar el látigo en todos los demás ámbitos de su vida hacía aquel cambio de papeles increíblemente erótico para él.

La lujuria y la emoción del principio eran insostenibles. No se puede vivir así mucho tiempo. Crea adicción, un hambre insaciable

“Pero a pesar del incesante glamour que indudablemente hay en salir con un millonario, la insatisfacción empezó lentamente después de seis meses. Matthew solía llegar tarde y llegó a hacerse intolerable. Acostumbrado a tener a miles de empleados a su entera disposicion, era incapaz de ser puntual, y a menudo tenía que esperarle tiritando en la puerta de su casa. No me permitía hacerme cargo de nada, pero había que lidiar con su rabia. Aunque nunca fue agresivo conmigo, a veces sus labios se apretaban en una mueca de tensión, y su comportamiento con su equipo y con el personal de los hoteles me parecía cada vez más espantoso.

Lo que no se podía permitir

“En definitiva, el lujo y la emoción del principio eran insostenibles. No se puede vivir en ese nivel durante mucho tiempo. Crea adicción, un hambre insaciable. Una vez que la nueva realidad se convierte en normal, las viejas insatisfacciones de la vida vuelven a surgir. Me había ido a la cama con una fantasía y me despertaba con la realidad. Cuando las maletas de Louis Vuitton y los Lamborghinis se vuelven anodinos, empiezan a surgir las preguntas verdaderas: ¿Soy feliz? ¿Me hace reír? ¿Estoy a su altura?

“Después de nueve meses, habíamos quedado casi siempre en los huecos de su agenda. Yo había faltado al trabajo, me había perdido cumpleaños de amigos y él nunca me había dicho que me quería, a pesar de mi desesperación por oírlo. Nunca habló del futuro más allá de las siguientes vacaciones. El desequilibrio de poder era algo totalmente desfasado. Era treintañera y buscaba el amor, el matrimonio, hijos, estabilidad. Con todas las cosas que me había dado, esas no tenía intención de dármelas. Al final resultó ser el hombre menos disponible emocionalmente que había conocido.

“La gota que colmó el vaso fue en Navidad. Había reservado vuelos a las Barbados de primera clase sin consultarme. Yo jamás había pasado una Navidad sin mi familia, que se había hecho muy importante después de la muerte de mi madre unos años antes. Pero no dije nada. Después de todo, era un gesto de generosidad inimaginable. Pero, más importante que eso, una pequeña y vergonzosa parte de mí sabía que la relación se iba a consumir pronto, y aquel sería el último de aquellos viajes de cinco estrellas al Caribe. Así que fui.

Santa Claus no existe

“Pasé el día de Navidad intentando en vano contactar por Skype con mi familia, la conexión de internet no funcionaba. Irritado por mi angustia, pasó todo el día en el bar bebiendo daiquiris con ese destello salvaje en la mirada que aparecía cuando yo era ‘desagradecida’. El día que llegamos a casa, rompí con él. Estaba enfadado y molesto, pero no intentó hacerme cambiar de opinión. Creo que probablemente había empezado a suponer mucho esfuerzo para él, y dudo que le apenara el fin de la relación.

'Acicalarme constantemente parecía mi parte del trato'. (iStock)
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‘Acicalarme constantemente parecía mi parte del trato’. (iStock)

“De vuelta en mi piso una mañana y amarga mañana de enero, me di a la tristeza. Por el brillo, el glamour, la emoción. También tuve que luchar en lo financiero: acicalarme constantemente parecía mi parte del trato, y me gasté una fortuna en peluquería, depilación y lencería cara. Pero realmente no sufrí por él. En lugar de eso me dediqué a la introspección: ¿Cómo de mimada debo ser, si un hombre que me colma de dinero y vacaciones no me hace feliz? ¿Estaré satisfecha alguna vez?

“Tenía tanta culpa como él de que las cosas hubieran salido mal: ninguna relación prospera si se establece sobre una desigualdad así. Podía haber insistido en cierta paridad financiera, aunque fuera de vez en cuando. No es el poder lo que corrompe, sino el miedo, y me había vuelto tan adicta a ese estilo de vida que no podía permitirme pensar como es debido por el terror a perderlo.

“Seis meses después, conocí a un hombre adorable, amable y normal que hoy es mi marido. Él me ha dado todo lo que quería: un hogar, una bella hija y una relación sólida. Mi año de hedonismo y excitación con un millonario ahora parece un sueño lejano y, con la mano en el corazón, no echo de menos nada. Bueno, quizá una cosa: había más espacio para las piernas en primera clase.

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