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Las verdaderas fantasías de los adultos no tienen que ver con sexo o con dinero

Las verdaderas fantasías de los adultos no tienen que ver con sexo o con dinero

El hombre es el animal que camina por la mañana a cuatro patas, al mediodía con dos y al atardecer con tres. Un viejo acertijo que también podría formularse como que el hombre tiene muchas ilusiones por la mañana que desaparecen al mediodía y que vuelven a renacer al envejecer. En otras palabras, cuando somos jóvenes el panorama de oportunidades que se presentan ante nuestros ojos es casi infinito, pero se va estrechando de tal manera que, en un momento dado, bien entrada la madurez, nos damos con un canto en los dientes si simplemente podemos sobrevivir.

Las obligaciones familiares y laborales son, en muchos casos, tan satisfactorias como limitadoras. No hay que insistir una vez más en que el estrés es uno de los grandes males del ser humano en el siglo XXI, pero así es. Como ponía de manifiesto una encuesta publicada por la Asociación Americana de Psicología, los adultos no sólo no son capaces de mejorar su bienestar, sino que sienten cómo sus niveles de ansiedad se elevan año tras año. Las principales causas de estrés son el trabajo, el dinero y las relaciones personales. Tan sólo los más mayores añadían a esta triada la salud. Tres aspectos que no tenemos presentes cuando de niños afirmamos que queremos ser astronautas, profesores o banqueros (ejem).

Uno de los deseos es ser hospitalizado por agotamiento

En realidad, nuestras preocupaciones son mucho más mundanas de lo que podría parecer, y quizá buena muestra de ello sea una pequeña columna publicada en The New Yorker, que se ha convertido en un imprevisto éxito en el veterano medio. Resulta fácil identificarse con las seis viñetas que la autora, Jazmine Hughes (¿un seudónimo?) pinta en la popular sección “gritos y susurros”.

Sólo sé que no quiero hacer nada

¿Mueve realmente el deseo el mundo, como sugerían metáforas del capitalismo como El gran Gatbsy o, muchos años después, La red social? Lo que los breves cuentos de la revista sugieren es que ya no pensamos en grande, y que lo único que deseamos es un refugio temporal frente a la tormenta, o simplemente, poder deshacernos por un rato de obligaciones, compromisos y hacer un hueco en la larga lista de cosas que tenemos que hacer.

El primero de los breves relatos se denomina “ser hospitalizado por agotamiento”. Jugando fuerte, ¿no? Parece casi un tabú (¡con esas cosas no se bromean!), pero la autora fantasea con ser atendida por una cariñosa enfermera similar a su abuela, que promete no decirle nada a nadie mientras acaricia su frente. Se trata de una situación casi fetal, como si el sueño de todo adulto fuese volver al útero de su madre. Puede recordar a las terapias de flotación tan vinculadas con el mundo new age y de la hipnosis, si no fuese por el giro final, en el que la enfermera le entrega una serie de pastillas anticonceptivas que no causan efectos secundarios.

Creo que te mereces una noche comiendo alitas de pollo en pijama

Resulta bastante similar a aquella otra viñeta que lleva el nombre inequívoco de “cinco minutos solo en un baño público”. ¿Qué haces con todo ese tiempo? “Batir tu propio record de Candy Crush sin hacer trampas” y luego, más tarde, conseguir que los demás te traten con más respeto. Tener tiempo libre parece ser el gran deseo del hombre moderno, o al menos, del urbanita lector ávido de The New Yorker.

La historia que mejor lo resume se llama, precisamente, “planes cancelados”, y se limita a la siguiente sentencia: “¡hola, soy [amigo lejano]. Sé que se supone que deberías ir a [actividad horrible] en [un bar horrible] en [Queens], pero he leído tus últimos tweets y… Creo que te mereces una noche comiendo Popeyes [marca de comida rápida] en ropa interior. ¿Quieres mi password para ver la HBO?” En otras palabras, los compromisos sociales han terminado por convertirse en eso mismo, en compromisos. A veces, el aislamiento no equivale al aburrimiento, sino a poder disponer de nuestro propio tiempo, ese bien tan escaso.

Dormiré cuando esté muerto… y espero estar muerto pronto

Si algo es patente a lo largo de todas las historias es el anhelo por recuperar el control de los propios horarios, tanto dentro como fuera del trabajo. En una viñeta, la autora fantasea con entrar en el despacho de su jefa, donde la recibe con fruta recién cosechada. Ante la pregunta de si le dejaría unos cuantos días libres para ponerse al día con The Economist, la superior le otorga sin pensárselo 10 días (junto a un poco más de fruta). ¿No resulta maravilloso? ¿Quién no querría un par de semanas para dedicar a cualquiera de esas actividades que ni siquiera se pueden realizar en vacaciones, como leer todos los libros que tenemos pendientes o rescatar películas que se nos escaparon de la cartelera?

No resultan sorprendentes muchas de las respuestas al artículo se hagan eco de la misma frustración temporal. En Tumblr, una usuaria de nombre Atheli señalaba que su fantasía era “tener un día libre para ir a IKEA”. El texto de Hughes se basa en la paradoja entre las connotaciones generalmente positivas de la palabra “fantasía” como aspiración y la satisfacción cotidiana de tener un poco de tiempo libre, entre las grandes esperanzas de la juventud y el desencanto de la madurez, entre el aperturismo y proceso de descubrimiento de la infancia y el retorno a la intimidad de la pantalla del televisor del que ya no está para muchos trotes.

Se trata de un retorno a esa infancia en la que el tiempo pasaba lentamente y no teníamos ninguna responsabilidad en el horizonte, un refugio definitivo para el hombre contemporáneo y que explica por qué gran parte del consumo cultural reciente está capitalizado por la nostalgia de la infancia. Aunque también se vuelve al entusiasmo de la adolescencia, como en ese encuentro con un atractivo compañero de clase con el que se cierra el artículo, y que concluye con otra invitación a ver la HBO gratis. Nada de viajar al espacio, tener un millón de dólares o ser famoso. Lo que queremos es, en todo caso, ver la tele al calorcito de la calefacción. O, en otras palabras, sofá, mantita y peli, el verdadero Triángulo de las Bermudas del treintañero.

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