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Honorable Danza Sin Corona… ¡Pero digna!

Rememorando a Fokine y a la Pávlova, varios cisnes se han vestido para ejecutar movimientos con la música de Saint Saénts, emulando la danza macabra, por la de la vida y las épocas, porque aunque nuestra danza es cíclica, debemos entender que la naturaleza a veces reclama espacios y entre coreografías eternas, sabemos que interpretar las del deceso, son solo fantasías y las reales son las del bien, las consientes, esas que prevalecen en el presente, para darnos esperanza y afianzar la existencia.

Hoy entre tiaras y coronas, ronda en líneas verticales y a ritmo acelerado un fantasma que asecha tal cual monarca oscuro, queriendo hacer un blackout tal cual como en aquellos años donde una coreografía nefasta llevó a millones tras bastidores, dejando camerinos vacíos, escenarios desolados, telones cerrados y salones desiertos pintados de dolor.

Ante tal amenaza, debemos danzar con el espíritu erguido, con la fe en las energías que sean, particulares, colectivas o en la nada, porque también los no creyentes tienen sus formas de entenderse así mismos y ello también es una forma de mantenerse de pie y no dejarse vencer por ninguna saeta que vuele por los aires, de una danza funesta que desde el oriente vino hacia nosotros.

Muchos ven una danza silente en las alturas, buscando señales divinas y consuelas, algunos cegados, brotan lágrimas de sus ojos, otros sordos ante un arrítmico compás se desvanecen, muchos danzan desde sus sabanas, desde sus muebles y otros con casi nada danzan por seguir respirando, con escenarios separados, aislados por necesidad, pues se ha puesto de manifiesto la danza responsable, la que nos indica el camino de una curva que debemos descender y enderezar.

Ofuscados por la soberbia de algún animal de montaña, ejecutando el Sambarambulé del retorno, pisan este linóleo, todos los retornados; aquellos que extrañábamos con su danza y hoy tomados de la mano danzamos la bienvenida, cual Parichará, o Seis Figureao, o Gaita Perijanera, como una alegoría materna, que abre sus brazos y te recibe, porque en cualquier rincón de este escenario llamado Venezuela, los que danzamos este país sabemos de hermandad, de perdón, de lucha, de resistencia y de esperanza.

Repunta hoy mas que nunca una danza antigua desde el azul, coreografiada por Madame Franklin, con una contracción sublime Mireya Tamayo se suspende, entre giros y saltos con las nubes observando su Ditirambo querido, Cesar Gámez y Carlos nieves frenan la brisa, Shandler Brett irreverente se trajo a Manuela y su adorado tormento y Eliseo Acosta con su María Ignacia pone la alegría en los recuerdos para sentirnos orgullosos de haberlos tenido en la danza anterior y verlos en las estrellas.

Seguimos pues, con la máxima de la inclusión, donde todos somos iguales y cada quien danza su particularidad sin barreras, códigos y técnicas discriminatorias, para que en gran masa volvamos la mirada a la humildad y dancemos juntos la vida, dancemos la reflexión, dancemos la bondad, dancemos la protección, dancemos la solidaridad y dancemos la unión universal, porque esta danza fatídica nos hizo comprender, cuan olvidados estábamos, que este escenario requiere de nuevos seres humanos o nuevos intérpretes que dancen la coreografía exacta del amor y será nuestra danza afectiva la que expulse todo asecho que quiera arrebatarnos a nuestros hermanos, avasallarnos a nosotros y sacarnos del escenario.

Es hora entonces, de renovar nuestra danza, de volvernos uno solo, de honrar y proteger a los maestros, de parar un compás y pensar donde estoy y a donde he llegado, que la arrogancia es una distensión y la envidia una fractura irreversible, que el reconocimiento al otro y la reconciliación es necesaria vestida de perdón y ataviados todos de lo mejor, haremos juntos la danza viva, la del pulso y el aliento, esa que te hace humano, para que cuando salgamos de esta diagonal quebrada, haremos columnas para erigir una nueva danza digna y honorable, la que merecemos, la tuya y la mía.

Mensaje Venezolano por el día internacional de la Danza 2020 de Franklin Añez y Williams Rivas

Honorable Danza
Sin Corona… ¡Pero digna!

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